Por una Patria Justa, Libre y Soberana

Una Patria Justa, Libre y Soberana - 17 de octubre de 1945 - 17 de octubre de 2015 - Día de la Lealtad - Setenta años

viernes, 24 de octubre de 2014

Cultura futbolera: rompiendo el molde

En este hiper negocio global en que se ha convertido el fútbol y su difusión en los medios gráficos, de internet y televisivos, aún se pueden encontrar perlas insólitas. Gente que con creatividad se resisten a dejarse absorber por el mainstream. Tienen en común la pasión por uno de los deportes más bellos del mundo y por las historias normales, pequeñas si se quiere, que se tejen en su entorno.

Fútbol y futbolistas puestos en su contexto social, cultural y político, rebeldes, muchas veces perdedores, pero entrañablemente humanos. Escritores famosos como los inolvidables Soriano y Fontanarrosa nos dejaron historias entre reales e inventadas absolutamente memorables.

Pero en esta época donde lo impreso en papel cede espacio ante lo audiovisual y lo digital, estos "locos" bienvenidos, apuestan por el perdedor y lo hacen con un atractivo diseño gráfico que sirve de grato envoltorio a un contenido diferente, inhabitual en publicaciones de su tipo. En serio los tipos (y tipas, eventualmente) paran la pelota, la esconden y la devuelven cortita al pié convertida en arte y cultura.

Les pongo tres ejemplos de revistas que aún siendo diferentes tiran más o menos para el mismo lado:

Panenka, una revista editada en España, vinculada al diario digital Público.

El Escorpión, editada en Colombia.

Don Julio, hecha y editada por argentinos

De esta última proviene, como muestra, la imperdible historia que sigue y a la que se puede acceder en su Sala de Lectura:

Fue hace 58 años, en Panamá. Perón, ya exiliado, recibe una visita. Cenan, charlan, pasan juntos la Navidad. Al volver a la Argentina la detiene la SIDE. La encierran, la interrogan. Ahora, la exiliada es ella, la visita: Elio Montaño, un 9 de Huracán que se escapó de una gira para conocer a Perón, lo conoció, y luego tuvo que irse del país.

Texto: Ariel Bargach
Foto: Federico Peretti (@fedeperetti)

El tipo tiene dos apodos, aunque uno le sienta mejor que el otro. Porque Tuerto nunca fue. Pero Loco, un poco loco, sí. Lo fue, lo es, antes y después de pasar la Navidad de 1955 con Juan Perón, en su exilio en Panamá. Ésta es la historia que hizo que el nombre de Elio Montaño, flaco, encarador, algo canchero, habilidoso delantero por entonces de Huracán, empezara a sonar de las canchas hacia afuera.

Estamos en 1955. Montaño juega en Huracán y el equipo se va de gira a Centroamérica. Porque por estos años, al final de los torneos, los grandes se van a Europa, y los chicos adonde pueden, pero sin cruzar el Atlántico. El Loco ya estuvo en Newell’s y Boca (opacado por José Pepino Borello) y ahora está en Huracán y se entera por los diarios de que Perón está en Panamá, igual que su propio plantel, y pide permiso a su entrenador, José Vigo, para ir a ver al general (¿este general debe ir, por historia, con mayúscula?). Vigo se lo da aunque al equipo le queda por disputar un partido, y allá va Montaño, con los 100 dólares que le tocaban de esa gira.

Mientras viaja hasta Colón, a apenas 80 kilómetros de Ciudad de Panamá, Montaño va certificando en su interior el cariño por ese militar que tanto ayudó a su familia cuando la santafesina Casilda se ponía dura, revive la escena de la llegada de la máquina de coser que recibió su mamá de la Fundación Eva Perón, vuelve a ese enero de 1946 cuando el General (sí, va con mayúscula) visita su pueblo subido a un camión en plena campaña y le regala una pelota, y hasta repasa un único diálogo con Perón en la Casa de Gobierno, cuando tras una gira con Boca el plantel visita la Presidencia y él se revela peronista.

En esos pensamientos se le va el viaje. Y se le van, también, 80 de los 100 dólares. Pero al Loco no le importa. Ni siquiera le había importado haberse quedado afuera, por peronista, de los Panamericanos de México de marzo de ese año.

***

Perón vive en un pequeño chalet muy custodiado. Hasta una semana antes ocupaba una habitación en el hotel Washington de Colón, que nada tiene de lujoso y cuyo mayor mérito era el balcón desde el que, algunas tardes y con la guitarra de Andrés Segovia de fondo, el General soportaba el calor caribeño. Pero ahora ya tiene casa propia. A Montaño lo reciben, después de tres horas de espera, el animador Roberto Galán y el periodista Américo Barrios. Y después, el mismísimo Perón: “¡Montaño, qué sorpresa!”. Y este 23 de diciembre la charla se hace larga. El General exiliado habla de fútbol, elogia al Racing tricampeón, pregunta a ese interlocutor incontaminado de política por lo que pasa en la Argentina, y la invitación surge, inevitable y sin chance de negativa: pasar las Fiestas ahí. La mesa del brindis se completa, entre otros, con dos servidores de Perón que habían aprobado el examen de fidelidad: el secretario privado, Ramón Landajo, y el chofer, Isaac Gilaberte. Para todos cocina, como siempre, Flora.

***

Recién el 26 arreglan el regreso de Montaño, que ya no tiene dinero. Perón le da un sobre con el pasaje y manda “un abrazo para los muchachos”. En el medio, Huracán empató 1-1 con la selección de Panamá, y al Loco lo espera una nota en el hotel, ya sin el plantel de Huracán, que había vuelto a la Argentina. “A su regreso, comuníquese con la Comisión Directiva”, escribió Vigo, el entrenador.

Pero antes de que Montaño pase siquiera por el club, ya en el aeropuerto de Ezeiza, apenas bajado del avión, hay otras personas que quieren hablar con él. Y de prepo. Por eso ahora los tres tipos de trajes oscuros llevan al jugador, con bolsito y todo, a la sede de la SIDE, sobre la calle 25 de Mayo.

Las horas y horas de interrogatorio, en un cuarto muy chico, con apenas una lamparita tenue y una mesa, tienen una pregunta repetida: “¿Qué le dio Perón?”, quieren saber los agentes. “Nada”, les contesta Montaño una y otra vez. Entonces lo llevan a Casa de Gobierno: “¿Qué le dio Perón?”. Y se repiten las amenazas: con ser el primer fusilado del “régimen corrupto”, con ser llevado al penal de Ushuaia… Otra vez la misma pregunta y otra vez la misma respuesta del Loco: nada de instrucciones, nada de mensajes del General para los suyos viajaban ni en el bolso ni en la cabeza de Montaño. Hasta que el jugador decide sincerarse, y mostrar lo que sí le dio el “tirano prófugo”. Montaño se levanta de su silla y cerca con sus brazos a su interrogador, mientras balbucea: “Esto, esto me dio, un abrazo”. Pero el agente de inteligencia no está preparado para un gesto de cariño y se saca al jugador de encima. “Éste no sabe nada. Despáchelo”, llega la orden. Y Montaño es despachado 12 horas después de haber bajado del avión.

Algunos años después, el delantero diría por qué hizo lo que hizo: “Era verdad. Yo había recibido un abrazo de Perón. Y para mí era lo máximo”.

***

Su elección política ya lo había marcado como ningún defensor rival, y definiría sus próximos años. Meses después de aquel regreso complicado al país, en cancha de Huracán, en un partido amistoso, con diez mil personas en las tribunas, Montaño elude a un par de rivales, encara hacia el arco y tira suave, cruzado. La pelota da en el palo y desde las plateas nacen los gritos:

— ¡Deberías ser gorila!
— ¡Andá a chuparle las medias a Perón!

Pero el Loco sabe que tendrá revancha y en una jugada casi calcada, ya con Huracán en ventaja 1-0, en el arco sobre el que está el grueso de su público, esta vez la pelota entra. Montaño se acerca al alambrado para el festejo.

— ¡Pe-rón, Pe-rón! —escucha.

Igual, ni Montaño ni la conducción de Huracán pueden bancar las persecuciones de la Revolución Libertadora/Fusiladora, y el delantero es transferido a Uruguay. “Peñarol contrata un delantero peronista”, titula el diario La Mañana de Montevideo. El Loco llega para ocupar el lugar de Juan Schiaffino, casi nada. Schiaffino había anotado uno de los goles del Maracanazo, con el que Uruguay ganó su segundo Mundial. Al Loco le fue muy bien en Montevideo. Estuvo una década a puro gol. Pero eso, eso es el después de Perón. Eso es d.P. Antes, bastante antes de todo esto, hubo un antes de Perón, un a.P.

***

Montaño había nacido en 1929 en Casilda y la desfachatez que mostró en algunos equipos y ligas locales lo llevó a Newell´s a los 20 años. Ya entonces era una suerte de goleador rebelde, afecto más a las salidas que a las órdenes tácticas. Su buen paso por Newell’s lo depositó en Boca, aunque ahí su papel fue siempre de partenaire, porque el lugar de titular era para Pepino Borello. Igual, su presencia en Boca le dio la amistad de Juan Vairo. Fue después de un pobre 1-1 ante Estudiantes, en 1953, que el Loco y Vairo caminaban hacia el lado de las vías al salir de la Bombonera e intuían, como se intuían los movimientos de un defensor, que ese grupo de jóvenes con camisetas y banderas de Boca no estaría muy feliz por el resultado. Los jugadores se preguntaron si lo mejor era seguir. Dar marcha atrás era dejar en claro que eran quienes eran y dudar ya era entonces la jactancia de ya se sabe quiénes, así que eligieron acelerar el paso y atravesar el grupo, rogando no ser reconocidos. Pero no. “Muertos, los trajimos para que hagan goles”, fue el primer reproche. Le siguieron empujones, manotazos, insultos… Y una rápida salida de la zona que se pareció mucho a una huida. “Debemos haber sido los primeros agredidos por la hinchada propia”, especulará Montaño, ya retirado.

Durante un vuelo de ida a Brasil, molesto con lo que decía Crítica, Montaño le prendió fuego al diario que Vairo estaba leyendo. El fuego fue apagado a golpe de frazadas, pero el escándalo tardó en extinguirse.

Lo de Tuerto también viene de su paso por Boca. “Tomá, tuerto, se te salió un ojo”, le dijo Venancio Acosta después de una terrible patada que le dieron en la cara al Loco, al que atendían médico y masajista. Todo antes de Perón: a.P. Como el penal que atajó ante Colo Colo con la cara, en un partido en el que el arquero Julio Musimessi había sido expulsado. Se viajaba por entonces con un único arquero, y Montaño pidió el buzo ante la emergencia. Boca ganó 1-0. Antes de Perón, a.P. Como el cabezazo que le dio a Federico Pizarro, devolución de una patada en el mentón que traía del partido de ida en Chacarita. Pizarro terminó en el hospital Argerich.

Todo eso antes. Antes de Perón.

***

Y hubo un después, claro. Un después de Perón, un d.P. Que tuvo escalas en Uruguay,  en Portugal, en otros lugares de la Argentina, en Venezuela… Con Peñarol era demasiada ventaja. Tres títulos en tres años, y el Loco que relataba los partidos mientras los jugaba, lo que exasperaba a los rivales. Como a ese defensor de Rampla Juniors que le pegó tremenda patada y al que Montaño, apenas recuperado, le ofreció pasto que había cortado: “Tomá, caballo, comé”.

Y como a ese otro que lo acomodó después del cuarto amago y lo incitó a levantarse sin protestar porque éste era un “juego de hombres”. Y al que el Loco le preguntó: “¿Y entonces vos qué hacés acá?”.

Y como a ese otro, el tal Carballo, encargado de marcarlo, al que bailó todo un primer tiempo:

— ¿Usted autorizó el ingreso de Carballo? —le preguntó el Loco al árbitro.
— Claro, ¿por qué me lo pregunta?
— Porque no lo vi en todo el partido.

De aquel lado del río, Montaño hacía una vida con demasiada noche, lo que molestaba a los directivos. Más los molestó haberlo esperado una mañana, cerca de las siete, en la puerta del hotel. Montaño volvía de algún cabaret: “¿Qué tal, señores? Estaba tan lindo que salí temprano a caminar. Aprovechen el día”, les soltó, impecable. Fue una de esas noches, noche libre en Peñarol, que el Tuerto coincidió otra vez con Vairo, esta vez para ir juntos al casino. El panorama, giro tras giro de la ruleta, tenía la misma oscuridad de la madrugada montevideana, y cuando se anunció la última bola, con bastante dinero perdido por los dos, Montaño se lanzó en palomita sobre el paño. “¿Saben ustedes lo que es la desesperación?”, se limitó a preguntar después, en su defensa, cuando los dos eran retenidos en la administración.

El después, el después de Perón, el d.P., también lo encuentra a Montaño volviendo a Buenos Aires, en 1961, para reforzar a un Los Andes recién ascendido. Y pasando luego a Rosario Central, donde coincidió con César Luis Menotti, a quien hizo echar en un partido contra Atlanta. Fue en complicidad con Miguel Gitano Juárez, con quien había acordado no pasársela al flaco espigado, que solía molestarse si la pelota no le llegaba.

— ¡La puta que te parió, tuerto hijo de puta! — le gritaba Menotti, ni siquiera contento porque Rosario Central le ganaba 4-0 el clásico a Newell´s. Así todo el segundo tiempo.
— ¿La querés, Flaco? —le preguntó Montaño para, por fin, pasarle la pelota. Pero Menotti la agarró de volea y le apuntó al delantero. El árbitro lo echó.

Lo de hacer echar a un compañero ya había pasado. En Huracán, cuando Néstor Patón Rossi, capitán y figura ya al borde del retiro, cortó un avance de Ferro, se la pasó a Montaño y fue a buscar la devolución, que nunca llegó. Porque el Loco eligió otra variante. Discutieron. Rossi lo insultó, lo cuerpeó. Y el árbitro le sacó la roja. “¿Me echa a mí, si es este muerto el que no me la devolvió?”, se quejó el Patón.

***

Y hay un después del después. Un después del después que está bastante más acá. En ese después del después, d.d.P., el Loco ya pasó por Rosario Central, por Los Andes, por Benfica y Porto, de Portugal, por Danubio de Uruguay, por el Galicia de Venezuela y por el Cúcuta de Colombia, donde se retiró. Y se hizo entrenador.

“Pero no era lo mismo. Era un tipo suave, alegre, de poco carácter. Y para ser técnico hay que tener otra cosa”, cuenta ahora, cafecito de por medio, Víctor Garza Guzmán, un par de Copa Libertadores con Independiente bajo la almohada y con paso por Chacarita, River y San Lorenzo. Y tiene razón. Porque al Tuerto no le fue nada bien al frente del Deportivo Cuenca de Ecuador: el equipo no había ganado en los cuatro partidos que había jugado y nadie pagaba su hotel ni su sueldo.

Ya estaban entrados los ‘80 y José Pato Pastoriza se había escapado del escándalo de la nafta adulterada y de Independiente para vivir la antítesis en Millonarios de Bogotá: puntero cómodo, buena casa, buen equipo de colaboradores.

— Pato, soy Elio... El Loco Montaño. Estoy en Ecuador desde hace casi dos meses y acá me quieren matar…
— ¡¿Qué hacés ahí?! ¡¿Cómo te fuiste a meter en ese lugar sin consultar a nadie?! Son tipos desconfiados. No vas a poder salir vivo.
— Salvame, Pato.
— Andá a hablar con el del hotel y decile que vas a recibir un dinero, así podés sacar la ropa. Hablá en el club y que paguen algo de lo que deben. La tuya, si no la cobraste, difícilmente la vayas a cobrar.

Al día siguiente, a nombre de Elio Rubén Montaño, el Banco de Colombia tenía un giro en dólares y la recepción del hotel un pasaje abierto por Viasa, la entonces empresa venezolana. La llegada de Montaño a Bogotá fue como las salidas de los presos en las películas: flaco, mal dormido, nervioso. Lo esperaban los ayudantes de Pastoriza, Ramón Toribio Adorno y Horacio Cirrincione. “El Loco es de los nuestros. Un compañero en la mala, al que vamos a ayudar”, tiró el Pato. Y siguió: “Además es buen cocinero, que es lo que acá nos falta. Nos va bien, nos pagan buena plata, el equipo va puntero, pero tenemos mala comida”. El resto lo supieron muy pocos: Pastoriza le dio una suerte de carterita con cinco mil dólares. “Arreglá tus quilombos en Buenos Aires. Si no, a tus hijos no los vas a ver más”, le dijo Pastoriza, según le contó Montaño a su amigo José Luis Ponsico, periodista y hacedor de la Mutual de ex Futbolistas.

En 1999 hubo otro llamado desesperado de Montaño, esta vez a otro amigo, la Garza Guzmán.

— Flaco, me rajan de la pensión de la calle La Rioja. Hablá con José y vengan a parlarse a la dueña. Que no falte Ponsico, que tiene labia.

Cerca de las 20 estaban los dos, la Garza y Ponsico, enfrentando el peor gesto de la mujer con gestos de dueña de pensión impaga. Montaño debía tres meses y la hermana de Margaret Thatcher exigía al menos dos. El Loco espiaba agachado desde el Renault 9 de su amigo periodista, que firmó un cheque del Banco Provincia y suavizó el gesto de la doña, que miró los documentos y las caras de los negociadores. Y aceptó.

Segundos después, Montaño bajó del auto y volvió a la pensión: “Bueeeenaaas…”

***

En el después del después, en ese d.d.P., Montaño pasa sus días en un geriátrico de Almagro. Como gastó en su carrera todas las gambetas, no pudo con la demencia senil. Se escapó varias veces del geriátrico y siempre llevó un par de días encontrarlo. Una noche de fuga la pasó en la sede de Huracán, y a nadie le sorprendió. Las grietas de la memoria no pueden con los buenos viejos tiempos. Muchas veces se lo encontró en plazas, en bares, en cualquier esquina. En sus relatos mezcla presente y pasado.

— Estoy muerto, hoy entrenamos en doble turno — suelta como si nada, a sus 83 años. Algún martes de tarde, algún jueves de mañana, les cuenta a sus compañeros, a las enfermeras, a las muy ocasionales visitas, que allá lejos hubo un ahora que lo tiene abrazado a Perón. Les cuenta que hubo un antes de Perón y un después. Y un después del después. Les cuenta de un brindis de Nochebuena, les cuenta de un abrazo. Aunque casi nadie le cree.

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