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jueves, 4 de septiembre de 2014

El melodrama como discurso

El melodrama, más precisamente el melodrama argentino, es un subgénero dramático cultivado generosa y exitosamente por las artes teatrales, cinematográficas y televisivas nacionales, tanto en el pasado como en el presente. Su contigüidad lo hace muchas veces indistinguible de otro subgénero: el grotesco.

En su origen la palabra indica la combinación de música (melo) y drama (texto-personajes) con el objeto principal de despertar sentimientos en la audiencia. El término suele tener modernamente una connotación negativa, por lo menos desde el punto de vista artístico.

Los medios audiovisuales nacionales son un claro ejemplo de que nuestro gusto por lo melodramático excede con mucho lo específicamente escénico y lo invade todo. Incluso las actividades más impensadas como conversar con un taxista o con un vecino en la cola del banco.

Está claro que no hay que cometer el desvarío de confundir el drama con el melodrama. Ni desde el punto de vista artístico ni del político. Los acontecimientos que vivimos a fines del 2001 constituyeron un drama -las decenas de muertos no son joda- pero aún así esa experiencia traumática y bien real puede ser evocada y organizada con una intencionalidad política -bajo la forma predominante del melodrama espectáculo- como sucedió durante las huelgas policiales del año pasado (!) en varias localidades del país.
Eso la TV lo aprovecha a las mil maravillas en particular porque -como ocurre en el arte- la escena tiene un final previsto que solo es conocido por su organizador.

La televisión actúa como un “justiciero” que denuncia las anomalías que atentan contra la armonía social buscando cerrar el relato construido a partir de su intervención.(1)

A nivel del discurso mediático todo se mezcla con todo como si las diversas dimensiones de la vida social hubieran dejado de existir y, además, todo parece suceder en la vida "real" representada a un ritmo tan vertiginoso o manipulable -exigencia del espectáculo- que más pronto que tarde las escenas vistas o vividas se olvidan y quedan listas para ser recreadas como nuevas si la ocasión se encuentra con la necesidad. Lo importante para el emisor es que en el proceso se pierdan los posibles vínculos y la posibilidad de la reflexión sobre ellos y sobre quienes los producen.

En lo que hace al discurso político hay que reconocerle a Elisa Carrió ser una vanguardista en la reintroducción del melodrama, en un momento en que sus advocaciones a catástrofes, hundimientos e incendios no eran tomadas muy en serio. La llegaron a llamar "loca".
Sin embargo su estilo de discurso melodramático predomina de manera casi absoluta en la actualidad en la expresión opositora. Podría decirse que aparentan estar todos locos o desesperados. Por lo menos a nivel del discurso.

Hoy funcionan a pleno los viejos clichés del género: "La Argentina es un barco que se hunde (Solanas)", "Es incomprensible que un país con tanto potencial esté en estas lamentables condiciones (Macri)", "Yo no permitiría que mi hijo fuese a un colegio en el cual el director es un abusador (Morandini refiriéndose a Boudou)", "Es posible que la falta de dólares obligue a Cristina a abandonar el poder antes de tiempo (Gonzalez Fraga), "Este gobierno me hace recordar a la dictadura y a la obediencia debida (Méndez, titular de la UIA)". Son algunos ejemplos de las exageraciones más recientes.

Para la construcción del patetismo melodramático las demoras en el desarrollo del relato resultan válidas y las exageraciones, indispensables. Antes que nada el transgénero melodrama se articula alrededor de una enunciación melodramática, es decir, un modo común de interpelar a las audiencias que acentúa el patetismo de las situaciones dramáticas que presenta.(2)

Yo estoy particularmente en desacuerdo con la idea -bastante sostenida en los ambientes oficialistas- que este sesgo del discurso opositor hacia el melodrama (la exageración, el insulto grotesco) encubre la falta de propuestas y que lo que hay que hacer es llamarlos a la reflexión, a pensar seriamente en el país, en su futuro y cosas por el estilo.

Esta apelación a la racionalidad -que por supuesto es deseable pero no siempre posible o conveniente- choca con la estricta funcionalidad del discurso político que se dirige a conectar a nivel de los sentimientos, de las pasiones, con el universo lábil de los indecisos. El mensaje resumido de la oposición es:

"Hay que acabar con esta Kalamidad Kirchnerista y todos seremos felices"

Con su subtexto: no importa como, no importan los detalles, cualquier cosa que venga después, como sea, será mejor.

Este discurso no es ninguna tontería, ni tampoco una forma que oculte una carencia. Tiene por detrás una Task Force impresionante. El plan, si hay que llamarlo de algún modo, existe aunque no sea explícito y esencialmente consiste en devolverle la conducción de los asuntos económicos a los que siempre la tuvieron (y en buena medida la siguen teniendo) pero sin la interferencia indeseable de pretenciosos como los K.

Me parece que es necesario dar respuesta a este discurso melodramático en el mismo plano y con las mismas herramientas con que los utiliza la oposición, tenemos una gran ayuda en la fragil pero existente memoria reciente que siempre es individual pero que se hace colectiva por contagio.

La pelea con los buitres nos muestra en parte el camino. Tiene aspectos de melodrama, no hay que disimularlos. Arrecia la pelea, sube Cristina, sube Cristina pierde la oposición.

Los peronistas hemos sabido recurrir con eficacia al melodrama (o a cualquier otro subgénero) cuando ésto era necesario para defender nuestro proyecto nacional.

(1) y (2): Aprea, Gustavo, (2003)*: “El melodrama negado”, ponencia presentada en XIV Congreso de la Asociación Alemana de Hispanoamericanistas en la Universidad de Regensburg, Ratisbona (Alemania).

bastadeodio                                                                  

viernes, 5 de octubre de 2012

IRRACIONALIDAD

Hércules lucha contra la Hidra
Asusta. Mete miedo. Despierta fantasmas dormidos.

Como la hidra elige cuál de sus múltiples cabezas mostrar. Si se aplasta una de ellas surgen dos o más en su lugar.

Algunos intentan disimularla, ocultar su amargo sentido.

Se trata únicamente de descontento. Se trata de reclamos legítimos. Es cierto pero no únicamente.

Otros perciben claramente la amenaza de la bestia y lo dicen.

Pero unos y otros, los que dan la alarma y los que la niegan, dan señales claras de que está ahí, que la perciben.

En medio de ese magma, de esa aparente confusión y exaltación, hay, sin embargo, razones que la razón entiende, en atender a esas razones y hacer oídos sordos al canto coral de la hidra que reclama a unos y otros más acción y menos reflexión es donde puede estar la solución y el regreso simbólico de la Hidra, siempre temporal, a la caverna en la que la gran mayoría de los argentinos decidimos mantenerla encerrada.

El escenario fue de nuevo montado, el aparente caos también. Como en el 2008, aunque los motivos fuesen distintos. Coqueto en cierto modo, en el movimiento campestre hubo desbordes, aristas sumamente violentas, casi inmanejables. Obtuvieron lo que querían, lo inmediato, se quedaron con las ganas. Les sirvió de poco o de menos.
Se escuchó, se atendió a las razones, se desarmó con paciencia el entramado de las causas, se separó, valga la imagen, al trigo de la paja (o de la soja), se actuó con racionalidad, la hidra aunque refunfuñando retornó a su madriguera. La mayoría de los afectados habría ganado más de haber atendido las razones del gobierno y no la prédica de los peces gordos. En la memoria quedan los desbordes, el desabastecimiento deliberado, la sensación objetiva de caos, la violencia verbal y de hecho, los escraches a los legisladores. Todas cabezas de la Hidra. El compromiso democrático y firme del gobierno en no utilizar la represión impidió su multiplicación.

Hay razones en la manifestación de prefectos y gendarmes. Inequidades internas agraviantes entre oficiales superiores y personal subalterno que se han ido ensanchando a los largo de muchos años. Un sistema de remuneraciones que por la vía judicial introduce aún mayor distorsión. Una resolución de la Corte Suprema y un decreto presidencial que se dirige a solucionar parte del problema y a poner orden en un caos de retribuciones, pero es seguido de una aplicación desastrosa por parte de aquellos que se beneficiaron de la situación injusta preexistente, lo que agravó el problema.
Se hace muy difícil de admitir que se trató de un error. El gobierno al descabezar a las cúpulas de ambas fuerzas y suspender la aplicación del decreto muestra que no lo cree. El problema persiste, la negociación a partir de los reclamos presentados ocurre con parte de las fuerzas manifestándose en la calle y con un listado de pretensiones que refleja la existencia de intereses contrapuestos producto de la inorganicidad misma de la protesta. Requiere tiempo y éste es precisamente un recurso escaso en estos momentos. Pero hay cabezas que alientan la protesta más allá de cualquier consideración razonable porque la mesa del diálogo está puesta y la disposición del gobierno es buena.

Ocurre que si a las razones objetivas de la queja del personal se le suma la ausencia de vías adecuadas para que ese descontento justificado se pueda procesar internamente y expresar debido a la prohibición legal de disponer de asociaciones gremiales, el único recurso para expresar la protesta es la calle, muy malo cuando se trata de uniformados y armados. Expresarse de esta forma, caótica, inorgánica, en la cual son visibles aún las divergencias entre los propios reclamantes.
La protesta justa es aprovechada y hasta se intenta desviarla por aquellos que permanentemente buscan debilitar al gobierno para obtener de ello supuestas ganancias políticas o ir incluso más allá, a provocar su destitución. Eso se percibió, incluso por los más rancios opositores y la respuesta -que fue contundente en su unanimidad- operó como un bálsamo. Las cabezas de la hidra, recordemos, son múltiples y en situaciones como ésta todas se agitan.

Con este ruido de fondo, el grupo Clarín logró que la Cámara Federal en lo civil y Comercial designase como juez subrogante a cargo de la causa que contiene el pedido de declaración de inconstitucionalidad de los artículos 41 y 161 de la Ley de Medios Audiovisuales, al ex juez jubilado Tettamanti, en una evidente maniobra para obturar la aplicación de la ley en uno de sus aspectos fundamentales la desmonopolización del espacio audiovisual, no ya mediante medidas cautelares que están agotadas sino, previsiblemente, yendo hacia la cuestión de fondo.
Aunque, más allá de que se confirme en los hechos esta estrategia y el juez falle a favor del grupo Clarín, ocurre que la última palabra la tiene la Corte y la maniobra no puede impedirlo. De modo que, en el fondo y en virtud de nuestro ordenamiento constitucional, la situación aunque molesta no puede alterar el fondo del problema, aunque si y solo tal vez, sus plazos de resolución.
Otra vez la hidra. Una cabeza reclama por la seguridad jurídica supuestamente perdida, la otra, de manera hipócrita e insidiosa, concreta operaciones sobre la justicia logrando la designación de jueces adictos, posiblemente venales.

Es imposible no recordar la polémica mediática que se dio en estos días entre el gobierno y el grupo Clarín sobre que sucederá el 7-D, ¿Nada?, ¿Todo?, ¿Algo?, ¿la voluntad y astucia de un grupo puede más que la voluntad democráticamente expresada por los ciudadanos?

También están las protestas callejeras de los indignados con el gobierno kirchnerista que prometen continuar y hacer crecer. También allí hay razones, por ejemplo, la imposibilidad de adquirir divisas para atesoramiento, es la más conocida y es vista por cierto sector de la población como una intromisión del Estado en la vida privada de las personas y como una pérdida de libertad. Es un punto de vista razonable pero equivocado, hay razones de interés colectivo que impulsan la medida. Tal vez si se hubiesen atendido más las razones de los que protestan y se hubieran explicado mejor las razones de la medida menos personas se hubiesen sumado a la misma.

También es cierto que sobre esas razones equivocadas pero legítimas otros se montaron para llevar la protesta a otro nivel, para darle un claro sesgo opositor, incluso simbólicamente muy violento en contra del gobierno y lo que representa. En particular la protesta fue coptada por aquellos que se oponen a las políticas sociales del gobierno por cuestiones ideológicas, económicas o políticas, haciendo que adquiriese un matiz claramente elitista que recuerda, es inevitable, a los viejos enfrentamientos generados en torno al peronismo en los años cincuenta, pero que la gran mayoría de los participantes ni siquiera vivió.

El riesgo para la democracia y las instituciones no está en las razones, incluso en aquellos que se oponen a la aplicación de ciertas leyes o resoluciones que los perjudican.
El riesgo está cuando por sobre esos intereses sectoriales legítimos se montan actitudes o procedimientos reñidos con las instituciones, la ley o la convivencia pacífica entre los ciudadanos y los grupos.

Sería hasta ridículo no reconocer que la violencia verbal y simbólica se ha instalado con mucha fuerza y persistencia entre diversos grupos de la sociedad. Muy mal harían los partidos políticos y los movimientos sociales en alimentarla. La racionalidad y la autolimitación deben volver a ese campo.
En este tema el papel de los medios de comunicación es fundamental, porque ellos son una parte sustancial del problema. Una cosa es defender ciertos intereses o posiciones ideológicas desde los argumentos y el respeto por el adversario y otra muy distinta denigrar, tergiversar o peor, organizar operaciones de prensa. En los medios se ha instalado una metodología que si bien no es ilegal, porque se han derogado -por el gobierno al que se ataca- todas las leyes que lo hubiesen implicado, es ilegítima, impropia y atenta contra la convivencia democrática.

Las leyes constituyen una de las formas en las que una sociedad busca la conciliación de intereses contrapuestos. Estas leyes tienen la legitimidad que les confiere su origen en la democracia y oponer subterfugios para impedir o dificultar su aplicación en un todo o parcialmente no forma parte de los procedimientos aceptables. Para cambiar la ley hay que derogarla por una mayoría equivalente a la que la sancionó o lograr que la CSJ la declare inconstitucional, que no es el mejor camino porque lleva a un conflicto de poderes, pero es, en cualquier caso, una posibilidad constitucional.

Cualquier otro camino más o menos subterráneo, en particular si se combina con la agitación social, no contribuye a la convivencia democrática y a la consolidación de las instituciones.
Los argentinos hemos ocupado la calle en múltiples oportunidades incluso haciéndole frente a una de las dictaduras cívico militares más sangrientas que se recuerde, la movilización es un recurso legítimo cuando se trata de cambiar algo o todo y no existe otra vía para expresar el descontento. Pero es un arma peligrosa que debe ser usada con sumo cuidado en la democracia porque abre la posibilidad que se alimente o posibilite la expresión de aquellos que no son enemigos de este gobierno en particular sino que son enemigos de la democracia misma, en particular cuando ésta se ejerce más allá de lo meramente formal.

Los peronistas tenemos una larga tradición movilizadora, nos gusta la calle, la reunión masiva de compañeros, sea para festejar o para protestar. Seguramente en eso somos los mejores, de lejos.
Estamos obligados por nuestra historia a ser tolerantes cuando otros se manifiestan, tener oídos para saber escuchar, en medio del ruido y las agresiones, las razones.
Entenderlas no nos hará más débiles sino todo lo contrario. Nuestra razón no está en la fuerza, en la imposición, sino en el convencimiento.


bastadeodio