Hace unos años, un historiador le preguntó a un trabajador polaco cómo se vivió la transición del socialismo al capitalismo en su país. La respuesta dejó al historiador con la boca abierta: “Antes no había nada. En los comercios no podías elegir qué comprar porque había pocas cosas; hoy, en el capitalismo, hay de todo... pero no podés comprar nada”. Peor aún, la propaganda vuelve todo necesario, y si no lo comprás, tendrás que sentarte y admirar a los pocos que pueden comprar y tener una vida digna.
Es ésta una de las principales fuentes de violencia en el capitalismo. Los actuales disturbios en Londres y otras grandes ciudades británicas, que el martes pasado llegaron a su tercera noche consecutiva, pueden ser vistos como consecuencias lógicas que trae la violencia del capitalismo y las crecientes desigualdades existentes en la sociedad británica.
Desde los grandes disturbios de Londres de los ´80 motivados por razones raciales, concretamente la discriminación policial contra jóvenes negros y negras, protestas por distintas razones, todas relacionadas con las políticas de ajuste, han ocurrido en esta ciudad y otras del Reino Unido y de otros países europeos recientemente. Desde la protesta estudiantil por la suba de matriculas (en Inglaterra la matrícula alcanza los 10000 euros en tanto en España, por ejemplo, solo 600 euros) hasta la protesta por el cierre de Bibliotecas para bajar el gasto.
En otras palabras las protestas recientes vienen motivadas como causa inmediata por el ajuste fiscal aplicados por los gobiernos pero se combinan con un sentimiento de frustración especialmente en los jóvenes que surge de la convicción de que quedan fuera de una sociedad de consumo que permanentemente los tienta con sus ofertas.
Hay mucha rabia y frustración contenidas en los jóvenes excluidos combinada con una primaria y si se quiere intuitiva comprensión política de las razones de esa exclusión y de las acciones posibles para revertir la situación. Lo cierto es que los partidos políticos tradicionales no sirven de canales para contener y expresar ese descontento.
Los recientes saqueos mostraban a "jóvenes probándose cosas de su talla y buscando la marca que les gusta". Dos chicas jóvenes manifestantes le dijeron al periodista que "les demostramos a los ricos que podemos hacer lo que queramos".
La protestas que se suceden en varios países europeos tienen un denominador común. Todas responden al agotamiento de un sistema económico dominado por el capital financiero globalizado que genera una tras otras las crisis de la deudas de los países, lo que a su vez detona como respuesta las políticas de ajuste fiscal que hacen que el poder financiero sea más poderoso aún. Son estas políticas de corte neoliberal, aún cuando las apliquen gobiernos socialistas o similares, la causa de la pérdida de empleos, del deterioro salarial y de los recortes a las políticas sociales, de salud, de educación y de contención social del desempleo, que están en la base de las protestas. Pero a ella se suma una difusa sensación de frustración y desencanto, sobre todo en los jóvenes, de que el sistema ya no puede brindarles aquello que les ofrece y les promete.

Las protestas en el hermano Chile tienen con sus similares europeas puntos en común y diferencias. No están motivadas por la existencia de una crisis de la deuda del país y de políticas coyunturales de ajuste, sino por la persistencia de políticas heredadas de la dictadura de Pinochet apoyadas por un sector significativo de la sociedad que profundizan las diferencias sociales y dificultan o impiden el acceso a la salud y a la educación de millones de chilenos. A diferencia de los manifestantes europeos los estudiantes chilenos muestran mayor conciencia de las causas de la discriminación y de los obstáculos que habría que remover para mejorar la situación. Por el contrario el actual gobierno chileno parece muy poco dispuesto a escuchar esos reclamos y modificar políticas que los sucesivos gobiernos de la concertación no se atrevieron a tocar. El problema es entonces político y la pelota está en su campo en el de los gobernantes y la oposición. Las soluciones dependen de la lucidez de la clase política chilena para ir desarmando el entramado del estado pinochetista que está ahogando las posibilidades de ese país de crecer con igualdad. La calidad de vida, la esperanza de la mayoría del pueblo chileno no puede quedar pospuesta e insatisfecha por la avidez insaciable de beneficio de unos pocos que se benefician con el actual estado de cosas.
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